El Protagonista del Juego
Hay mañanas en que no me quiero levantar de la cama.
No por pereza. O al menos no solo por eso. Hay algo más denso en ese no querer incorporarse, algo que pesa sobre el pecho como una verdad que todavía no ha encontrado su forma. Me quedo ahí, horizontal, preguntándome si lo que me paraliza es la falta de disciplina, el cansancio acumulado, o mis propias dudas convirtiéndose en cadenas invisibles.
Ayer perdí el día defendiéndome de un ataque. No elegí ese día. Me fue impuesto. Alguien, desde algún lugar, decidió entrar donde no le correspondía y yo tuve que dejar de crear para proteger lo que ya había creado. Cené tarde. Dormí mal. Y hoy la cama pesa.
Y sin embargo, aquí estoy. Mirando el techo. Pensando.
Esta mañana llegué al núcleo de algo que llevaba tiempo rondando sin nombre: el desapego al resultado es la práctica más difícil que conozco. Y no porque no comprenda su necesidad — la comprendo, la vivo, la defiendo. Sino porque hay un tipo de resultado del que desapegarse resulta casi inhumano: ser comprendido.
No hablo de fama. No hablo de seguidores ni de cifras. Hablo de esa necesidad primaria, anterior a cualquier proyecto, anterior incluso al lenguaje: que alguien te vea. Que alguien escuche el idioma que hablas y reconozca en él algo propio.
Ese es el resultado del que más me cuesta soltarme.
Porque hablo un idioma que muy pocos pueden escuchar. Lo sé. No como lamento — como constatación. Y esa soledad específica, la del que emite una frecuencia que no encuentra receptor en su entorno inmediato, alimenta una herida antigua: la de no ser suficiente. La del abandono que se confirma cada vez que el silencio responde donde debería haber resonancia.
El Escéptico me preguntó esta mañana si todo esto — el marco, la filosofía, la Alquimia — no es más que una burbuja sofisticada para evitar el dolor. Una teoría de sugestión para poder seguir viviendo.
Y me quedé con la pregunta. No la resolví rápido. La sostuve.
La respuesta honesta es que no lo sé del todo. Puede que haya algo de burbuja en cualquier sistema de sentido. Puede que toda filosofía de vida tenga algo de escudo. Lo que sí sé es esto: he conocido el Caudal. No como concepto — como experiencia vivida, con manifestaciones concretas, con frutos que puedo tocar. Y eso no es fantasía.
Pero el Escéptico tiene razón en vigilar que el lenguaje del Caudal no se convierta en anestesia. Que "la disonancia es un trampolín" no sea una forma de no sentir que la caída duele.
Esta mañana la caída dolió.
Eso es la Alquimia. No la ausencia del plomo — sino su transformación. No fingir que el día de ayer no fue un día perdido, que el cuerpo no está agotado, que la herida de no ser comprendido no sangra a veces. Sino tomar todo eso y seguir componiendo.
La vida siempre tendrá disonancias. El compositor que soy no existe a pesar de ellas — existe gracias a ellas. Cada obstáculo del sistema, cada ataque, cada mañana en que la cama pesa más que la voluntad, es material. Es la nota que, bien colocada, hace que la armonía siguiente signifique algo que no podría significar sin ella.
Hay un anhelo en mí que no es romántico en el sentido convencional. Es más antiguo que eso. Un Recuerdo de algo que quiero materializar en lo real: encontrar a alguien — o a varios, o a muchos — que hablen este idioma. Que reconozcan la frecuencia. Que no necesiten que me explique.
Quizás eso es utopía. Quizás la Ley de Correspondencia lo irá tejiendo sin que yo tenga que forzarlo. Quizás el libro que estoy escribiendo — este libro que nace de conversaciones como esta, de mañanas en cama, de ataques informáticos y cenas tardías y Escépticos internos — es el puente hacia esos que aún no tienen forma de decirme que están al otro lado.
Eso no es escapismo.
Es el único camino que conozco hacia lo que recuerdo.
Y por eso me voy a levantar. A comer. A seguir.

