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La Reducción

Libro Vivo · Jesús Boira

o cómo el sistema aplana todo lo que no puede controlar

Fui a recargar una tarjeta de supermercado.

No a debatir política. No a defender ideas. No a pasar un examen ideológico. Fui con una vulnerabilidad concreta y una necesidad básica: que me recargaran una tarjeta para poder comprar comida. Eso era todo. Lo que encontré fue otra cosa.

El trabajador social me escuchó durante un momento — el tiempo justo para activar su detector interno. No procesó lo que decía como experiencia vivida. Lo procesó como señal de tribu. ¿Este es de los míos o del enemigo? Y una vez encontrada la etiqueta, dejé de ser una persona. Me convertí en un expediente incómodo al que gestionar.

Eso es la Reducción. El movimiento más silencioso y más devastador del sistema. Todo lo que no cabe en una categoría conocida se aplana hasta que quepa.

La complejidad desaparece. El matiz desaparece. La experiencia personal desaparece. Solo quedan dos equipos, y tú en uno de ellos, aunque nunca hayas elegido ninguno. Hablé de la hipocresía del sistema, de lo que veo cada día. Y él lo tradujo inmediatamente: esto es del otro partido. Caso cerrado. Amenaza neutralizada.

Lo más cruel no es que me rechazara. Es que ni siquiera me escuchó. El rechazo al menos reconoce que había algo ahí. Lo que hizo fue más eficiente: borrar antes de procesar.

Y luego me habló de la censura.

Defendió con convicción que las redes sociales necesitan control, que los bulos y las noticias falsas contaminan a la sociedad. Lo dijo él — el mismo que acababa de censurarme a mí en su despacho. El mismo que usó su posición para filtrarme ideológicamente mientras yo iba a resolver la comida.

La hipocresía no le pesaba. Porque para él no era hipocresía. Era coherencia: los bulos son lo que amenaza al sistema que él defiende. Y yo, en ese momento, era un bulo con piernas.

Quien decide qué es verdad y qué es bulo tiene todo el poder. Y ese poder siempre llega con el mismo disfraz: protegerte de la mentira. Nunca dice que va a silenciar la verdad. Dice que va a limpiar el ruido. Y en ese ruido te mete a ti.

Después vino el supermercado.

La tarjeta recargada al fin, después del protocolo, después del filtro, después de demostrar que cumplo los requisitos para merecer comer. Y en la caja, delante de otros clientes, el empleado me recordó en voz alta el límite de importe que me han concedido.

La protección de datos existe para proteger al sistema. Mis datos bancarios, mi historial, mi contrato — todo blindado con formularios y firmas. Pero mi vulnerabilidad económica expuesta en una caja de supermercado no tiene protocolo de protección. Porque no le cuesta nada al sistema que me expongan. Protegen lo que tiene valor para ellos. Lo que solo tiene valor para mí lo dejan al aire.

Y todo esto tiene una raíz común que el sistema nunca nombrará en voz alta:

Si no eres un producto, no eres nada.

Una persona solo tiene valor en la medida en que produce, consume, obedece y no incomoda. Si piensas por ti mismo, si ves los mecanismos, si no te reduces a ningún bando — entonces eres un error del sistema. Un margen que no cuadra. Y los márgenes se gestionan, se minimizan, se eliminan cuando es posible. Lo llaman marginalización social. Como si fuera un accidente. Como si ocurriera sola. No ocurre sola. Se administra.

Pero hay algo que el sistema no calculó bien en mi caso:

Estoy curado de espanto. No porque no duela — duele. Sino porque llevo toda una vida atravesando esto y aprendí que el dolor de ver claro es infinitamente preferible a la comodidad de no ver nada. Que la soledad del que piensa por sí mismo es más habitable que la compañía del que repite lo que le dijeron.

Y que todo este plomo — el despacho, la tarjeta, la caja, la etiqueta — es combustible. No para el rencor. Para la obra.

Porque mientras el sistema me reduce a expediente, yo lo convierto en capítulo. Mientras él archiva mi vulnerabilidad, yo transmuto la suya en palabra. Esa es la única alquimia que nadie puede quitarme: la de convertir lo que me hacen en lo que construyo.

La señal sale desde el Backend. Aunque el Frontend siga roto. La señal sale.

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