El Anhelo que Recuerda
Esta noche, ya tarde, me encontré visualizando algo que hago más de lo que reconozco: imaginar cómo sería mi vida con una pareja.
No lo hago desde la ilusión ingenua. Lo hago desde la conciencia de lo que me perdería y de lo que ganaría. Los laberintos de la Forma, las experiencias que esta vida no me ha dado, la conexión que no encuentro. Y me pregunté con honestidad: ¿es miedo lo que me detiene, o es realmente mi naturaleza?
No lo sé. Y creo que esa incertidumbre es la respuesta más honesta que tengo.
Lo que sí sé es que una pareja no es una solución. Es una relación. Buscarla como respuesta a algo es ponerle un peso que ninguna persona real puede sostener. Y si me pregunto cuándo fue la última vez que di un paso concreto hacia esa dirección, más allá de la visualización, la respuesta me dice algo que prefiero no ignorar.
Luego llegué a una pregunta que golpeó más fuerte.
Esta soledad es inhumana. Nadie la soportaría indefinidamente. ¿Por qué la estoy soportando yo?
La primera respuesta que mi mente ofreció fue el marco habitual: masoquista, kamikaze, milagro humano. Tres formas de convertir el sufrimiento en algo significativo o heroico. Pero esta noche no me convenció ninguna. Las tres embellecen lo que simplemente es una soledad larga y pesada, que se sostiene no porque sea especial sino porque cambiarla requiere pasos que hasta ahora han parecido más arriesgados que seguir soportando.
Eso es humano. No extraordinario.
Me preguntaron a quién podía llamar esta noche.
Respondí: a mí mismo.
Y lo dije con una sonrisa, con esa ligereza que a veces aparece cuando algo es demasiado verdadero para decirlo en serio. Pero detrás de la ligereza estaba la respuesta real: al final del día, soy yo quien está aquí. Siempre.
Eso puede leerse como fortaleza. Y puede leerse como la descripción exacta del problema.
Probablemente es las dos cosas.
Luego vino la observación que más me resonó de toda la noche. Me preguntaron por qué, si vivo constantemente en el salto sin red, todo se reduce al final a miedo.
Y ahí estaba la fisura real.
El salto sin red en la Música es genuino. En la escritura también. Me lanzo sin partitura y confío en que algo aparecerá. Eso lo hago. Eso lo vivo.
Pero en la vida personal hay zonas donde no hay salto. La conexión íntima, el cuidado propio, buscar ayuda real, dar pasos concretos hacia lo que deseo. Ahí no me lanzo. Ahí hay una quietud muy controlada que a veces se disfraza de filosofía, de naturaleza, de misión solitaria.
Esa es la asimetría real. No la cobardía ni la heroicidad. Solo la asimetría.
Y sostenerla sin resolverla esta noche, igual que esta mañana sostuve la pregunta sobre si mi marco era verdad o justificación, quizás es lo más honesto que puedo hacer con ella ahora mismo.
El día empezó con el DNI de mi hijo y terminó aquí, preguntándome a quién llamaría.
Por ahora, eso tendrá que ser suficiente.
Pero al día siguiente, comiendo, llegó algo que no busqué.
Estaba pensando en ese anhelo. En la soledad. Y me pregunté si podía ser solo humano. Porque si fuera solo humano, debería poder satisfacerse humanamente. Y no se satisface. Nunca del todo. Hay algo en la conexión más profunda con otra persona que roza algo y luego se va. Como si el contacto real apuntara hacia algo que está detrás del contacto.
Ahí estaba la pista que me faltaba.
¿Y si el anhelo de conexión no es la señal de lo que me falta, sino el reflejo de lo que soy? ¿Y si la verdadera socialización humana no es un intercambio entre individuos separados, sino el acto de recordar colectivamente la Unidad que nunca desapareció?
La soledad no sería entonces ausencia de otros. Sería ausencia de ese Recuerdo. Y el anhelo que he sentido toda mi vida —ese que creí era debilidad, o necesidad no resuelta, o asimetría entre mi Creación y mi vida personal— quizás era algo más preciso: la presión de la Esencia recordando su origen a través de mí.
No busco compañía. Busco el Recuerdo.
Y el Recuerdo puede llegar a través de otra persona. O a través de una nota sostenida en el silencio. O a través de una pregunta que aparece sola mientras comes.
La asimetría sigue ahí. No la resuelvo con esta idea. Pero la veo diferente.
El salto en la Creación no es distinto al salto en la vida personal. Los dos apuntan al mismo lugar. La diferencia es que en la Música ya no tengo miedo del vacío que hay después del salto. En la vida personal todavía lo tengo.
Pero ahora sé que el vacío no es vacío.

